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Paisaje al óleo de la ribera del Duero

Rubén de Luis | Paisaje al óleo de la ribera del Duero

Título: Paisaje al óleo de la ribera del Duero
Medidas : 81×65 cms
Técnica: Oleo sobre lienzo.
Precio: 400 €   
Envío: . Gastos de envío GRATIS a toda España.
El envío adjunta un certificado de autenticidad de al obra firmado y sellado por el artista.


Este paisaje de la ribera del Duero corresponde a una vista en la que se ven los chopos serpenteando alrededor del río. Al fondo los tesos se alzan de color morado por la lejanía y el tiempo frío que impregna toda la escena ya que es una vista de invierno. Los campos está verdes debido a la estación invernal y el cielo cubierto algo amenazador por las nubes algo grisáceas al fondo.
En primer término sobre el suelo en el que se alza la colina en las que nos encontramos podemos ver unas cuantas encinas o carrascas como gustan llamarlas por allí que son los testigos de esta bonita vista.

Acompaño la foto de este cuadro con la descripción de un paisaje que en el libro La Mortaja de Miguel Delibes traza con increíble realismo haciéndonos ver un paisaje típico de la ámplia y árida Castilla. He pensado que facilitaría la comprensión de la obra y he decidido transcribirlo ya que aportaría algo más a la pintura:

El valle, en rigor, no era tal valle, sino una polvorienta cuenca delimitada por unos tesos blancos e inhóspitos. El valle, en rigor, no daba sino dos estaciones: invierno y verano y ambas eran extremosas, agrias, casi despiadadas. Al finalizar mayo comenzaba a descender de los cerros de greda un calor denso y enervante, como una lenta invasión de lava, que en pocas semanas absorbía las últimas humedades del invierno. El lecho de la cuenca, entonces, comenzaba a cuartearse por falta de agua y el río se encogía sobre sí mismo y su caudal pasaba en pocos días de una opacidad lora y espesa a una verdosidad de botella casi transparente. El trigo, fustigado por el sol, espigaba y maduraba apenas granado y a primeros de junio la cuenca únicamente conservaba dos notas verdes: la enmarañada fronda de las riberas del río y el emparrado que sombreaba la mayor de las tres edificaciones que se levantaban próximas a la corriente. El resto de la cuenca asumía una agónica amarillez de desierto. Era el calor y bajo él se hacía la siembra de los melonares, se segaba el trigo, y la codorniz, que había llegado con los últimos fríos de la Baja Extremadura, abandonaba los nidos y buscaba el frescor en las altas pajas de los ribazos. La cuenca parecía emanar un aliento fumoso, hecho de insignificantes partículas de greda y de polvillo de trigo. Y en invierno y verano, la casa grande, flanqueada por el emparrado, emitía un “bom-bom” acompasado, casi siniestro, que era como el latido de un enorme corazón.

Miguel Delibes, La Mortaja

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