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Paisajes de La Alcarria
Óleos de Rubén de Luis
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Hace tiempo que llevo madurando
la idea de hacer una serie de óleos sobre paisajes y pueblos
de La
Alcarria, "ese lugar donde a la gente no le da la gana
ir..." en boca de Camilo José Cela y que posee una
de las zonas de campiña más hermosas que hay en España
por su ámplia gama de colores y olores en primavera ya que posee
una de las más variadas clases de vegetación. Estos paisajes y pueblos aún tienen algo que otros lugares perdieron hace tiempo, el silencio, ese bien tan poco apreciado en los últimos siglos que parece ser sinónimo de soledad y que el hombre teme tanto hoy endía a persar de que las cosas más determinantes en la vida del hombre se desarrollan en soledad, como el nacer o el morir o todas las decisiones importantes que a lo largo de la vide de un hombre se llevan a cabo. Por eso abro esta ventana a unos
paisajes en los que la quietud y la calma prevalencen y que iré
ampliando a medida que termine esta serie de cuadros dedicados a La
Alcarria. |
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Guadalajara El hombre propone, a veces, y Dios dispone, de cuando en cuando; lo digo porque las cosas no siempre marchan al pelo de la voluntad, sino que, con harta frecuencia, se perfilan al contrapelo de las circunstancias y otras desidiosas aventuras. Todo es música, salta a la vista que todo es música; pero no es lo mismo bailar un vals con una jovencita vestida de tul color de rosa que llevar el cadáver de un héroe a cuestas y a los solemnes acordes de una marcha fúnebre; tampoco es igual el ánimo con que se emprende el uno y el otro trance. La vida se mueve a suaves y melodiosos vaivenes o a violentos y estruendosos bandazos, esto es algo que nadie ignora, y al hombre no le queda más remedio que danzar al son que le toquen porque, de lo contrario, pierde el compás y se descrisma. Se me ocurre cavilar estas rigurosas y medio escépticas evidencias porque las raras leyes que rigen las vidas y las conductas me llevan ahora fuera, aunque no lejos, de la tierra en la que he vivido los últimos ocho o diez años y con la que ensayé mi buen amor hace ya más de medio siglo: Guadalajara, el país donde compartí con los amigos la noticia de que me daban el premio Nobel; donde escribí más de media docena de libros (*), donde me casé, donde instalaron un museo para un libro mío, donde me dieron calles y medallas y donde el Rey me hizo marqués. El día de los santos Felicísimo, Agapito y Cremetes de 1988 recordé a esta benemérita tierra desde el Finisterre y repetí mi añoranza entre el tiempo ido para jamás volver y los caminos, las piedras y los árboles que quizá tampoco volvamos a ver nunca en nuestro galopar hacia la confusa meta del purgatorio; nada tiene marcha atrás y de poco habría de valernos el fingimiento de lo contrario. Andar, un pie tras otro, con sosiego y buena voluntad, la tierra propia y aun la ajena, es un regalo que los clementes dioses hacen al hombre cuando éste se lo pide con la clara voz que presta la humildad a la inteligencia. De mí puedo decir, porque lo experimenté desde muy joven, que hay pocos placeres, tanto del cuerpo como del espíritu, comparables al deleite del camino cuando el día nace y la luz empieza a dibujar las siluetas de los montes y los caseríos, los árboles y el ave en vuelo, la mujer que cruza, el niño que despierta y el mozo que canta a voz en grito para espantar el fantasma del sueño que se resiste a huir. En el camino residen la verdad y la belleza, la calma, el equilibrio y la mesura, porque a las nociones opuestas -la mentira, la fealdad, la prisa y el desmedido propósito- las barre el viento fresco que orea cada mañana la costra del decorado del hombre desde que el mundo es mundo. Descubrí estas tierras de Guadalajara -la campiñera, la alcarreña, la serrana y la molinesa- hace ya muchos años, antes lo di a entender, hace ya tantos que todavía supe caminarlas a golpe de pinrel, y desde entonces vuelvo a ellas siempre que puedo y sin mayor violencia de la voluntad ni el ánimo porque aquí, por estas trochas y estos acogedores andurriales, encontré siempre amistad y buen deseo, hombres ternes y aplomados y mujeres hermosas y amorosas, nubes que se dejan cruzar por la cigüeña que vuela con parsimonia y por el hombre que va en globo, y un vino deleitoso que tanto baja al cabrito asado por el gaznate como el mal de amores por los entresijos, los laberintos y demás recovecos del corazón. Ahora me toca decir adiós a un trozo muy apretado y emocionante de mi vida, de mi ya larga vida, y plantar mi tienda en otras barbecheras; pido a Dios que no me tuerza el buen sentido, ni me desoriente la mejor fortuna, ni me cambie de sitio el norte de la rosa de los vientos. Ahora que me voy con la música a otra parte y no sin mi remota pena lastrándome el corazón y el güito del alma, quiero dejar paladina constancia de mi amor a Guadalajara, a cuyas piedras, a cuyas yerbas y a cuyos hombres expreso desde aquí mi gratitud por su mantenida hospitalidad. (*) Desde el palomar de Hita, El camaleón soltero, La sima de las penúltimas inocencias, Memorias, entendimientos y voluntades, El asesinato del perdedor, A bote pronto, La dama pájara, La cruz de San Andrés, y una primera recopilación de estos artículos míos aparecidos en estas páginas bajo el epígrafe El color de la mañana. |
